lunes, 15 de junio de 2009

PACTAR CON EL DEMONIO?

Pablo VI y el comunismo
Por Julio Alvear Téllez de Reacción Católica
Pablo VI
(Interesante artículo de las relaciones de la Iglesia Católica con el comunismo internacional: Temor? Complicidad? Apostolado?)
Retrocedamos a la época llamada de la "guerra fría”. El comunismo se expande por el mundo por la violencia o el fraude. Después del Concilio, su gran adversaria, la Iglesia, es tentada en sus círculos humanos por la claudicación.
La diplomacia vaticana hacia la Rusia soviética y sus satélites se expresa, a partir de Juan XXIII y el Concilio Vaticano II, en un nuevo modo de relacionamiento –de deshielo, de apertura, de “diálogo”, de afabilidad- que Pablo VI coloca como una de las directivas de su Pontificado. Con ello, los pontífices posconciliares se distancian en el terreno de la práctica de la postura anticomunista definida por la Iglesia hasta el Papa Pío XII.
Los líderes del comunismo se pasean por el Vaticano.Enero de 1967: Pablo VI invita al líder del Soviet Supremo de la URSS, Nicolas Podgorny, al Vaticano. La foto da la vuelta al mundo.
Como consecuencia de la “Ostpolitik”, las barreras doctrinarias entre católicos y marxistas se pulverizaron. Autoridades eclesiásticas dejaron de rechazar el comunismo; episcopados enteros apoyaron los proyectos socialistas en Occidente durante la década los 70, 80 e incluso los 90. El Cardenal Ratzinger reconoció en 1984 el desastre en los seminarios y en las universidades católicas. En facultades de teología de importantes universidades alemanas, que "algunos años antes hubiésemos podido esperar que hubiesen sido un baluarte en contra de la tentación marxista (…) se convierten en su centro ideológico”. (Cfr. Tornielli, Andrea, “Benedetto XVI. Il custode della fede”, p. 81)
El 18 de julio de 1968, Plinio Corrêa de Oliveira solicita en un “Reverente y filial mensaje a Su Santidad” medidas para que cese la infiltración comunista en el clero católico. La petición es firmada por 1.600.368 brasileños, y cientos de miles de argentinos, chilenos y uruguayos. A la fecha, es la mayor recogida de firmas de la historia de Brasil. En él se hace llegar al pontífice “el grito de angustia que nace de los más profundo del alma, al ver que el peligro comunista va creciendo gracias a la agitación continua de una minoría de eclesiásticos y legos que se proclaman católicos” e imploran “que se adopte con toda urgencia medidas para que sea enteramente eliminada la acción de eclesiásticos y legos progresistas, favorables al comunismo”. La solicitud es además publicada en la íntegra por la prensa de Brasil, Argentina, Chile y Uruguay.
Pero todo siguió igual y peor. Un adversario ideológico de Plinio Corrêa de Oliveira lo emplazó Marzo de 1972: el dictador comunista Tito, verdugo del Cardenal Stepinac,

es recibido con los brazos abiertos por Pablo VI en el Vaticano
entonces a que reconociera públicamente que, a diferencia de la Iglesia de antes, en donde era reconocido como líder católico por las autoridades eclesiásticas, ahora, en la época de Paulo VI, no había lugar para él en la Iglesia. Paulo VI, agregaba, recibe a todos, a comunistas y herejes, pero no hay una sola palabra para el Dr. Plinio y lo que él representa. "Dr. Plinio, la verdad es la verdad: abra los ojos para ella. No hay en el mundo quien sea más rechazado por el Papado modernizado y por la Nueva Iglesia que usted y sus congéneres.
A pesar de cerrarle la puerta en la cara, usted se presenta en público como un papista fanático, tan fanático como cuando usted era joven, y sobresalía en las filas de los congregados marianos vociferando: ¡“Viva el Papa, Dios lo proteja, al Pastor de la Santa Iglesia”!
Usted no percibe, Dr. Plinio, que todo mudó, y que ahora es usted el que ha sido dejado fuera?” El Dr. Plinio contestó por la prensa con uno de los artículos más bellos que salieron de su pluma. Se llama “La perfecta alegría” (Cfr. "Folha de S. Paulo", 12 de julho de 1970). Reproducimos algunos trechos:
“El Sr. Jeroboão se engaña. No es con mi entusiasmo de los tiempos de joven, que yo me coloco hoy ante la Santa Sede. Es con un entusiasmo aún mayor, y mucho mayor. Pues a medida que voy viviendo, pensando y ganando experiencia, voy comprendiendo y amando más el Papa y el Papado. Y esto sería precisamente así aun cuando yo me encontrara exactamente en las circunstancias que el Sr. Cândido Guerrero pinta.
Y este amor al Papado, Sr. Jeroboão, no es en mí un amor abstracto. Él incluye un amor especial a la Persona sacrossanta del Papa, sea él de ayer, de hoy o de mañana. Amor de veneración. Amor de obediencia.
Sí, insisto: de obediencia. Quiero dar a cada enseñanza de este Papa, como de sus Antecesores y Sucesores, toda aquella medida de adhesión que la doctrina de la Iglesia me prescribe, tiendo por infalible lo que ella manda tener por infalible, y por falible lo que ella enseña que es falible. Quiero obedecer a las órdenes de éste o de cualquiera otro Papa en toda la medida en que la Iglesia manda que sean obedecidas.
Es decir, no sobreponiéndoles jamás mi voluntad personal, ni la fuerza de cualquier poder terreno, y sólo, absolutamente sólo, rechazando obediencia a la orden del Papa que importara eventualmente en pecado. Pues en este caso extremo, como enseñan — repitiendo al Apóstol San Pablo — todos los moralistas católicos, es preciso colocar por encima de todo la voluntad de Dios.
Sabe usted lo que nos enseña San Francisco de Asís sobre la perfecta alegría? Para refrigerio y gaudio de su alma, se lo transcribo de los "Fioretti", aunque resumidamente: "Viniendo una vez San Francisco de Perusa para Santa Maria de los Ángeles con Fray León, en tiempo de invierno, y como el grandísimo frío fuertemente lo atormentara, (...) Fray León le preguntó: Padre, te pido, de parte de Dios, que me digas dónde está la perfecta alegría.
Y San Francisco así le respondió: si llegamos a Santa Maria de los Ángeles, enteramente mojados por la lluvia y entumidos de frío, llenos de lodo y afligidos de hambre, y batimos a la puerta del convento, y el portero llega irritado y nos dice: ¿quiénes sois vosotros? Y nosotros respondemos: somos dos de vuestros hermanos, y él dice: ustedes mienten; no son más que dos vagabundos que andan engañando al mundo y robando las limosnas de los pobres; fuera de aquí; y nos deja afuera, a la intemperie, bajo la nieve y la lluvia, con frío y con hambre, hasta la noche.
Entonces, si soportáramos tal injuria y tal crueldad, tantos malos tratos, placenteramente, sin que nos perturbemos y sin que murmuremos contra él (...) escribe que en eso está la perfecta alegría.
Y si aún, constreñidos por el hambre, el frío y la noche, batimos más y llamamos y pedimos que por amor de Dios, con muchas lágrimas, se nos abra la puerta y nos dejen entrar, y si él, más escandalizado, grita: Vagabundos importunos, los golpearé como merecen; y sale con un bastón nodoso y nos agarrar por el capuz y nos tira al suelo y nos arrastra por la nieve y nos golpea con el palo, una vez y otra: si nosotros soportamos todas estas cosas pacientemente y con alegría, pensando en los sufrimientos de Cristo bendito, las cuales debemos soportar por su amor; oh! hermano León, escribe que ahí y en eso está la perfecta alegría.
Y oye, pues, la conclusión, hermano León. Por encima de todas las gracias y de todos los dones de Espíritu Santo, los cuales Cristo concede a sus amigos, está el de vencerse a sí mismo, y voluntariamente por amor de Cristo, Nuestro Señor, soportar trabajos, injurias, oprobios y desprecios (...)".


El nuncio apostólico de la Santa Sede en Cuba se convierte pronto en sustento moral del régimen comunista. En la foto, Fidel Castro, el tirano del caribe, conversa con Moseñor Casaroli, enviado de Pablo VI, quien declara que con el comunismo "los católicos viven felices". Fue la gota que rebalsó el vaso.
En abril de 1974, Plinio Corrêa de Oliveira se declara públicamente en “estado de resistencia” hacia el Papa Paulo VI y su política de distensión con el comunismo.
En un manifiesto publicado en 36 periódicos brasileños y en 73 órganos de prensa del mundo libre, el Dr. Plinio hace oír su voz profética ante el drama que vive la Iglesia bajo el Pontificado de Pablo VI:
“La diplomacia de distensión del Vaticano con los gobiernos comunistas crea para los católicos anticomunistas, una situación que los afecta a fondo, mucho menos en tanto anticomunistas que en cuanto católicos. Pues a todo momento se les puede hacer una objeción supremamente engorrosa: la acción anticomunista que efectúan no conduce a un resultado precisamente opuesto al deseado por el Vicario de Jesús Cristo? Y como se puede comprender que un católico sea coherente si su actuación tiene como rumbo una dirección opuesta a la del Pastor de los Pastores?
Tal pregunta trae como consecuencia, para todos los católicos anticomunistas, una alternativa: cesar la lucha, o explicar su posición. Cesar la lucha, no podemos. Y es por imperativo de nuestra conciencia de católicos que no podemos. Pues si es deber de cualquier católico promover el bien y combatir el mal, nuestra conciencia nos impone que difundamos la doctrina tradicional de la Iglesia, y combatamos la doctrina comunista. (...)
El vínculo de obediencia al Sucesor de Pedro, que jamás romperemos, que amamos en lo más profundo da nuestra alma, al cual tributamos lo mejor do nuestro amor, ese vínculo nos lo osculamos en el momento mismo que, triturados por el dolor, afirmamos nuestra posición. Y de rodillas, fijando nuestros ojos con veneración en la figura de Su Santidad el Papa Paulo VI, le manifestamos toda nuestra fidelidad.
En este acto filial, decimos al Pastor dos Pastores: Nuestra alma es vuestra, nuestra vida es Vuestra. Mandadnos lo que quisieres. Solo no nos mandéis que crucemos los brazos delante del lobo rojo que enviste. A eso nuestra conciencia se opone.
Sí, Santo Padre – continuamos – San Pedro nos enseña que es necesario "obedecer a Dios antes que a los hombres" (At. V, 29). Sois asistido por el Espíritu Santo y hasta confortado – en las condiciones definidas por el Vaticano I – por el privilegio de la infalibilidad. Lo que no impide que en ciertas materias o circunstancias la flaqueza a la que están sujetos todos los hombres pueda influenciar y hasta determinar Vuestra actuación. Una de esas es – tal vez por excelencia – la diplomacia. Y aquí se sitúa Vuestra política de distensión con los gobiernos comunistas.
¿Qué hacer? La extensión de la presente declaración sería insuficiente para contener el elenco de todos los Padres de la Iglesia, Doctores, moralistas y canonistas –muchos de ellos elevados a la honra de los altares – que afirman la legitimidad de la resistencia. Una resistencia que no es separación, no es rebelión, no es acrimonia, no es irreverencia. Por el contrario, es fidelidad, es unión, es amor, es sumisión.
"Resistencia" es la palabra que escogemos de propósito, pues ella es empleada en los Hechos de los Apóstoles por el propio Espíritu Santo, para caracterizar la actitud de San Pablo. Habiendo el primer Papa, San Pedro, tomado medidas disciplinarias referentes a la permanencia en el culto católico de prácticas restantes de la antigua Sinagoga, San Pablo vio en esto un grave factor de confusión doctrinaria y de perjuicio para los fieles. Se levantó entonces y "resistió en faz" a San Pedro (Gal. II, 11). Este no vio, en lo lance fogoso e inesperado del Apóstol de los Gentiles, un acto de rebeldía, sino de unión y amor fraterno. Y, sabiendo bien en lo que era infalible y en lo que no era, cedió ante los argumentos de San Pablo.
Los Santos son modelos de los católicos. Así, en el sentido en que San Pablo resistió, nuestro estado es de resistencia.Y en esto encuentra paz nuestra conciencia.
Resistir significa que aconsejaremos a los católicos que continúen la lucha contra la doctrina comunista con todos los recursos lícitos, en defensa de la Patria y de la Civilización Cristiana amenazadas. Resistir significa que jamás emplearemos los recursos indignos de la contestación, y menos aún tomaremos actitudes, que en cualquier punto discrepen de la veneración y de la obediencia que se debe al Sumo Pontífice, en los términos del Derecho Canónico. Resistir, entretanto, importa emitir respetuosamente nuestro juicio, en circunstancias como la entrevista de Mons. Casaroli sobre la "felicidad" de los católicos cubanos.
En 1968, el Santo Padre Paulo VI estuvo en la próspera capital colombiana, Bogotá, para el 39º Congreso Eucarístico Internacional. Discursando un mes después, de Roma para el mundo entero, afirmó que allí había visto la "gran necesidad de aquella justicia social que coloque inmensas categorías de gente pobre (en América Latina) en condiciones de vida más ecuánime, más fácil e más humana" (discurso del 28/9/68). Esto, en el Continente en que la Iglesia goza de la mayor liberdad. Por el contrario, Mons. Casaroli no vio en Cuba (de Fidel Castro) sino felicidad. Delante de esto, resistir es anunciar con serena e respetuosa franqueza, que hay una peligrosa contradicción entre esas dos declaraciones, y que la lucha contra la doctrina comunista debe proseguir (...).
Ningún epílogo entretanto sería completo si no incluyese la reafirmación de nuestra obediencia irrestricta y amorosa no solo a la Santa Iglesia como al Papa, en todos los términos preceptuados por la doctrina católica.
Nuestra Señora de Fátima nos ayude en este camino que tomamos por fidelidad a Su mensaje y en la alegría anticipada de que se cumplirá la promesa por Ella hecha: "Por fin, Mi Inmaculado corazón triunfará".
(Cfr. Plínio CORRÊA DE OLIVEIRA, "La Política de distención del Vaticano con los gobiernos comunistas: para la TFP ¿cesar la lucha o resistir?", publicado originalmente en “Catolicismo” n° 280 (Abril de 1974))
Plinio Corrêa de Oliveira a la fecha de su declaración de resistencia
La declaración de resistencia del Dr. Plinio no recibió ninguna objeción teológica o canónica ni a su oportunidad, ni a su ortodoxia por parte del Vaticano. El portavoz de la Santa Sede, Federico Alessandrini se limitó a excusarse afirmando que Monseñor Casaroli no había proferido las palabras que la prensa le imputó. Pero esta especie de retractación en las palabras no impidió que en los hechos la “Ostpolitik” del Vaticano continuara río abierto favoreciendo al comunismo.
Plinio Corrêa de Oliveira dio más detalles por la prensa de la legitimidad de la resistencia católica a la “Ostpolitik” vaticana, iniciada en el Concilio Vaticano II. En "Folha de S. Paulo", 14 de abril de 1974, escribe un artículo que titula “A indispensável resistencia”:
“La distensión del Vaticano viene de lejos. Nótase desde el Concilio Vaticano II una mudanza gradual de actitud de los Episcopados de casi todo el mundo delante del peligro rojo. De fuerte, vigilante, y no raras veces hasta combativa que era, tal actitud pasó a ser, en buena medida, átona, silenciosa, y como que desatenta. Diríase que el problema comunista cesó de repente.
Destacándose sobre este fundo de cuadro, un número no pequeño de prelados pasó a expresar el glorioso y antiguo anhelo de la Iglesia de mejorar las condiciones de vida de las clases pobres bajo formas distintas. Es sólo confrontar el lenguaje de un San Pío X a ese respecto, con el de ciertas conferencias episcopales y de ciertos prelados, para medir cuán sensible ha sido esta mudanza.
El lenguaje nuevo de muchas reivindicaciones sociales-eclesiásticas a veces es tal que, sin ser definidamente marxista, parece inspirada en el vocabulario y en el estilo usados por los comunistas. Como infelizmente es bien notorio, hay más. Determinados prelados, constituyendo excepciones rumorosas e impunes, apoyan decididamente a las huestes comunistas. El ejemplo más chocante entre ellos, es el del Cardenal Silva Henriquez en Chile.
Súmense a esa inmensa masa de hechos los contactos secretos del Santo Padre con los Jefes de Estado rojos, los viajes diplomáticos que Mons. Casaroli — el Kissinger Vaticano — hace, a toda hora, a los países comunistas, etc., y pregúntense cuál es el efecto conjunto de todo eso sobre la vigilancia y la pugnacidad de los católicos de Occidente (sólo para hablar de ellos) frente al peligro comunista. Obviamente, la distensión vaticana tiene por efecto una desmovilización psicológica de los millones de católicos en relación al peligro comunista”.
Pocos meses más tarde, el Dr. Plinio responde al Cardenal Scherer, quien había justificado la nueva actitud del Vaticano con los gobiernos comunistas (Cfr. “1958-1974 ¿qué resultados”, in "Folha de S. Paulo", 14 de julho de 1974):
“No somos contra las negociaciones propriamente dichas, mas contra el precio exorbitante – y sin compensaciones- que el Vaticano paga para llevar a término su Ostpolitik. La Détente católica va por todo el mundo abatiendo barreras que otrora se oponían a la expansión del credo rojo. ¿Y qué pagan a cambio los gobiernos comunistas? – Nada....
Afirma el Prelado que el objetivo esencial de la Ostpolitik vaticana es la suavización de las condiciones de vida de los católicos detrás de la cortina de hierro. Pero no veo que haya sido obtenida hasta ahora tal suavización.
En extensa alocución hecha por ocasión de su onomástico (cf. "Osservatore Romano" de 23.6.74), S.S. Paulo VI tiene un corto pasaje sobre las condiciones de los católicos detrás de la cortina de hierro. ¡Qué mundo de horrores en él trasparece! Afirma literalmente el Pontífice que en su ánimo "se abre una herida" siempre que piensa en los "sufrimientos, limitaciones y presiones" que allí sufre la Iglesia. Refiere después las "opresiones y silencios" que pesan sobre ella y "las tinieblas que la circundan". Esta es la situación, como la ve Su Santidad en el año de 1974. Hace pensar en lo que ha dicho Soljenitsin y otros disidentes. Ora, la détente comenzó con Juan XXIIII el año 1958...
¿En qué entonces sirvió tal détente a los católicos de más allá de la cortina de hierro, aquella meritoria Iglesia del Silencio sobre la cual, según la melancólica gracia de un periodista italiano "bajó el silencio de la Iglesia"?”
Una de las víctimas más célebres de la política de Paulo VI con los gobiernos comunistas, y sobre el cual corrió mucha tinta, fue el glorioso Cardenal Josef Mindszenty, Arzobispo de Esztergom, quien, como Primado de la Iglesia de Hungría lideró a su pueblo en la resistencia contra la estrella roja. Su heroísmo y santidad fueron públicamente puestos como ejemplo para la Iglesia universal por el Papa Pío XII y se convirtió en el modelo de la resistencia católica al comunismo soviético en Europa del Este.
La revista "Life" informa al mundo las condiciones de vida del primado de la Iglesia de Hungría, en los centros de tortura del régimen, durante su proceso y su condena a trabajos forzados, y posteriormente en su ingreso a la Embajada de los EEUU, donde era huésped incómodo.



El ejemplo del Cardenal Mindszenty era peligrosísimo para Moscú. Había que llegar a un acuerdo con el Vaticano para sacarlo de Hungría, privarle de sus cargos dentro de la Iglesia y trasladarlo a Roma.


Voz de los sin voz, torturado y condenado por el Gobierno comunista húngaro por resistir, y asilado en calidad de huésped incómodo en la Embajada de los EEUU, fue trasladado a Roma por orden de Paulo VI (con el consentimiento del gobierno comunista y EEUU) y ahí depuesto de su sede episcopal por el propio Papa, para facilitar los contactos del Vaticano con el Régimen rojo. Mientras Paulo VI consumaba este acto, en otro extremo, trasmitía su apoyo a Monseñor Pedro Casaldáliga, obispo de São Félix do Araguaia, Brasil, que se autodenominaba “monseñor martillo y hoz”.
Los detalles de todo esto son dramáticos. El Cardenal Mindszenty había consentido previamente en abandonar su país con la solemne promesa del Papa de no ser privado de sus títulos, que tanto molestaban a los comunistas, porque le permitían pastorear la resistencia católica en Hungría. A su llegada a Roma, Paulo VI se fotografió con él y le aseguró: “Vos sois y seguiréis siendo Arzobispo de Esztergom y Primado de Hungría. Continuad trabajando y, si tenéis dificultades, volved siempre confiadamente a nos”.


Después de su traslado a Roma, Pablo VI -en la foto, con la cabeza hacia abajo- recibe al Santo Cardenal Mindszenty, estrechándole la mano en señal de apoyo público por no haber cedido en la fe católica ante la persecusión comunista. Poco después sin embargo, lo privaría de todos sus títulos para congraciarse con el régimen comunista.

Pero exactamente en el 25º aniversario de su arresto por los comunistas, se le informó al Cardenal que el Pontífice lo removía de sus cargos, hecho que conmocionó a la prensa del mundo libre. El Vaticano dio una versión oficial sosteniendo que el Primado de la Iglesia húngara había renunciado. El mártir de la fe y de la libertad, perseguido ahora en su amada Roma, dio a conocer entonces, con amargura y respeto, la verdad completa a través de una rectificación pública: “El Cardenal Mindszenty no ha renunciado a su cargo de arzobispo ni a su dignidad de Primado de Hungría. La decisión ha sido tomada por la Santa Sede”. Removido el Cardenal Mindszenty, la jerarquía eclesiástica húngara practica ya sin escrúpulos su lealtad al Estado marxista, haciendo el mismo papel de sedante de las conciencias católicas que el actual episcopado cubano.


Los obispos húngaros juran lealtad al régimen comunista con la "bendición" de Pablo VI. La inmensa figura del Cardenal Mindszenty ya no les pesaría.

Plinio Corrêa de Oliveira analizó en un conjunto de artículos de prensa muy difundidos, el escándalo que la actitud de Paulo VI ocasionaba al pueblo católico. En uno de sus escritos, titulado “Como quiera Budapest”, concluía con palabras estrepitosas a propósito del drama vivido por Monseñor Mindszenty: “El drama ha terminado. A lo largo de él, de comienzo a fin, la conducta del Vicario de Cristo fue la que deseaba el imperialismo comunista, esto es, el Anticristo”. (Cfr. "Conforme queria Budapeste", in "Folha de S. Paulo", edición del 20 de octubre de 1974).
Muchos años después, Monseñor Agostino Casaroli, quien era el "hombre del maletín", que circulaba libremente dentro de la cortina de hierro como mandatario de Pablo VI en los acuerdos con los gobiernos rojos, se verá forzado a reconocer en sus memorias la grandeza católica de su gran oponente, el Cardenal húngaro.


El Cardenal Mindsznety, poco antes de morir en extrañas circunstancias. Al final de su vida, había trabado relaciones con Plinio Corrêa de Oliveira.
En 1977, Plinio Corrêa de Oliveira publica el libro “La Iglesia ante la escalada de la amenaza comunista. Llamado a los obispos silenciosos”, en el que denuncia las posturas favorecedoras del comunismo de la Conferencia Episcopal brasileña, mostrando de qué manera el proceso se inició en la década de los cuarenta:
“En cuanto el enemigo atacaba a la Iglesia abiertamente y de afuera para adentro, el comunismo continuó a ser repelido. Mas lo mismo ya no se puede decir de la reacción católica contra un nuevo frente de ataque abierto por el comunismo: era la infiltración discreta en la propia Iglesia, para atacarla por dentro. Esa infiltración era propiciada por la “politique de la main tendue”, maniobra comunista que se desenvolvía en Europa. Los efectos de esta maniobra se hicieron sentir en los años 40 en Brasil. Contra ella, ya Pío XI y Pío XII habían alertado a los obispos y fieles”.
La prensa brasileña recoge pronto la noticia dada por el periodista italiano Rocco Morabito, de que "en las mesas de trabajo del Vaticano, se encuentran algunos ejemplares del libro de Plínio Corrêa de Oliveira" (O Estado de S. Paulo, 8 de Abril de 1977).
Pocos meses antes de morir Paulo VI, Plinio Correa de Oliveira escribe en la "Folha de S. Paulo", un artículo impresionante titulado "Irridebit" (16 de enero de 1978):
“Para ayudar a los comunistas húngaros a que se mantengan en el poder, el más alto potentado de la más poderosa democracia del Occidente entrega a Kadar la corona, la reliquia (del rey San Esteban de Hungría), que fuera confiada a la nación americana como depósito de honra. Carter manda el secretario de Estado Vance que la entregue, en ceremonia aparatosa, precisamente al hombre que es lo contrario del rey evangelizador, o sea, el déspota materialista (..)
A tal propósito, un portavoz de Vaticano emitió un comentario que vale por un murmullo ambiguo, y tal vez ligeramente avergonzado. Pero para demostrar a todos los húngaros que la Iglesia concordaba con la entrega de la reliquia al dictador comunista y ateo, estuvo presente en el acto de entrega de la corona el cardenal Leckai, arzobispo de Ezstergom. El sucesor — "horresco referens" — del cardenal Mindszenty. Ambos — Vance y Leckai — viene a bradar a los húngaros, a los ojos de Dios, del mundo y de la Historia: "La Iglesia y Estados Unidos apoyan que vuestras cervices de bautizados, y con ellas vuestras glorias del pueblo soberano y cristiano, sean deshonradas por los comunistas ateos, procónsules de Moscú". Estamos ciertos de que incontables húngaros, dentro y fuera de Hungría, de su parte replican a ese brado, en lágrimas de la indignación: "San Esteban, rogad por nosotros" (...)
En el fondo del alma, incontables brasileños — parte de los cuáles durmientes por la apatía que va invadiendo los sectores más saludables de la opinión — expresan lo mismo. Y esa súplica no habrá subido en vano al Cielo. Introduciendo la reliquia en Hungría, Kadar creó una circunstancia preciosa para que sea aún más ardiente la intercesión de San Esteban por su pueblo.
Con el auxilio inadvertido de Carter y de Paulo VI, entró en Hungría la corona-símbolo, la corona-reliquia, cuya presencia podrá tal vez atraer para el país legiones de Angeles y ríos de gracias, de modo la que el pueblo húngaro sacuda el yugo bajo el cual yace.
Mi pensamiento se vuelve ahora hacia los artífices de la devolución de la corona. Y una frase me viene a los labios: "Qui hábitat in coelis irridebit eos". Dios se reirá de ellos: lo dice la Escritura (Ps.2,4). "Irridebit": es bien la palabra!
Los efectos de la “Ostpolitik” del Vaticano han producidos sus efectos hasta los días de hoy. La historia ha dado la razón a Plinio Corrêa de Oliveira en su resistencia a Paulo VI.
En 1971, en el sínodo de los obispos de Roma, el Cardenal Slipyj, prisionero en los gulag soviéticos, se quejó a nombre de sus hermanos, los obispos ucranianos perseguidos, por esta “ostpolitik” vaticana. Juan Pablo II se negará a nombrarlo patriarca de los obispos ucranianos, no obstante la petición de ellos en este sentido. Su sucesor, Monseñor Sterniuk, seguirá su línea, y sostendrá que el Vaticano II descuidó los intereses de la Iglesia Católica oprimida por el comunismo.
A partir del año 2006, se revelará que importantes miembros del Clero de Europa Oriental fueron parte de la policía secreta comunista en las tareas de delación y represión de sus hermanos en la fe, con el probable conocimiento del Vaticano (Cfr. “Il Corriere della Sera”, edición del 9 de enero del 2007).
El 12 de enero del 2007, el episcopado polaco en pleno decidió oficialmente dar luz sobre este asunto (Cfr. “La Croix”, edición del 14 de enero del 2007), pues al menos doce obispos de ese país figuran con sus “nombres de guerra” participando en los tristes años del yugo soviético en la Sluzba Bezpiec-zenstwa, la KGB polaca (Cfr. “Dziennik” e “Il Giornale”, edición del 9 de enero del 2007). Incluso, según “Newsweek”, el jefe de la comisión histórica en la causa para la beatificación de Juan Pablo II estaría implicado (Cfr. “Il Giornale”, edición del 12 de enero del 2007). El Cardenal Miloslav Vlk, Primado de la República Checa, llamó a los obispos a hacer penitencia y a pedir perdón a Dios.



El Arzobispo de Varsovia, Monseñor Stanislaw Wielgus
El Arzobispo de Varsovia, Monseñor Stanislaw Wielgus, nombrado por Benedicto XVI, tuvo rápidamente que dimitir a inicios del 2007 por hacerse público sus vínculos con la policía secreta comunista durante la era soviética (Cfr. “El Mercurio”, edición del 8 de enero del 2007). Monseñor Wielgus, ante la evidencia, terminó reconociendo a la BBC de Londres sus vínculos con la policía secreta comunista. Las autoridades vaticanas, junto a la Conferencia episcopal polaca, tuvieron que dar al mundo una serie de explicaciones....
http://santaiglesiamilitante.blogspot.com/2009/06/la-cara-oculta-de-pablo-vi.html

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